Domingo VI de Pascua
La Pascua florida va progresivamente madurando hacia la Pascua granada de Pentecostés. La oración colecta nos ofrece oportunamente la clave de este domingo, cuando se ha atravesado ya el paso del ecuador de la cincuentena: «concédenos... continuar celebrando con fervor estos días de alegría»; o sea, que no nos cansemos de celebrar la Pascua, para que madure «en nosotros fruto abundante» (oración después de la comunión). Pero junto a esta invitación a la constancia – “que tu fiesta nunca se acabe” era el título de un libro del Hermano Roger de Taizè- aparecen en este domingo otros temas pascuales nuevos: 1º El Espíritu Santo es el don pascual por excelencia, es decir, él nos inicia en la vida nueva de la Pascua; el texto de la 1ª lectura refiere el episodio de Samaría: «les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo»; pero el mismo discurso continúa en la antífona de comunión: «pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros». 2º La presencia pospascual de Cristo en la Iglesia se hace posible por el amor al Padre, a Él mismo y a los hermanos; la vida nueva y plena de la Pascua es sencillamente el amor, como lo es la esencia misma de Dios, «porque Dios es Amor». En este tema central en la vida cristiana convergen e insisten hoy el versículo del aleluya y el evangelio. Los que hemos sido elegidos por Jesús somos sus amigos (matiz éste que sería bueno destacar en la homilía) y participamos tanto de su vida como de su misión, que eso es participar de su amor. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). 3º La alegría del cristiano, que se fundamenta en la experiencia de ser amado incondicionalmente por Dios: «os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». L. F. Álvarez.
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