sábado, 11 de junio de 2011

SECUENCIA DE PENTECOSTÉS

LA NOVEDAD DE LA LITURGIA CRISTIANA 2

CULTO Y LITURGIA

      Es frecuente hablar de culto y de liturgia como si ambos fueran una misma cosa. Pero no lo son: aunque estas dos realidades se mueven en el terreno amplio de las distintas mediaciones que nos permiten entrar en comunión personal con Dios, interesa, desde el principio, aclarar qué se entiende por culto y por liturgia. Porque, aunque la liturgia cristiana posee una profunda y esencial dimensión cultual, no todo culto (ni siquiera el culto cristiano) es siempre liturgia.
      Las personas expresamos todo lo que sentimos por Dios y damos solidez a nuestra relación personal con Él (religión) mediante el culto: la expresión de una relación singular y muy profunda que mantenemos sólo con Aquél a quien reconocemos como nuestro único Dios y Señor; nuestro Bien supremo y absoluto; el Dueño de nuestra vida y de nuestra historia; nuestro Padre querido. Para ello adoptamos formas cultuales muy variadas y subjetivas, que, sin embargo, se fundamentan en los moldes de un comportamiento religioso-cultual típico común a todas las religiones: la oración, la adoración, la ofrenda, determinados ritos destinados a atraernos la benevolencia de Dios (sacrificios) o a manifestarle nuestra acción de gracias (votos, promesas, personas, lugares o tiempos dedicados a Dios...), etc. Se puede afirmar que el culto aflora espontáneamente desde nuestro profundo y natural sentimiento religioso. Por eso algunos hablan de la esencial caracterización ascendente del culto: se mueve desde abajo hacia arriba, desde la finitud del hombre hasta la omnipotencia de Dios; y se fundamenta en el reconocimiento de la absoluta alteridad y trascendencia de Dios, que está siempre por encima de nosotros –el Deus semper Alius–.
      La Liturgia, en cambio, acentúa mucho más la iniciativa del Padre y el movimiento descendente, de Dios, que se abaja, en el hombre Jesús, hasta el suelo para mirar a las personas y entablar un diálogo amigable con ellas e invitarlas a entrar en comunión con Dios. En la Liturgia la iniciativa es siempre de Dios y a ella responde el hombre desde la libertad y la fe.
      Aunque en todo culto late invariablemente agazapada una cierta ambigüedad, permanece siempre en el hombre religioso el convencimiento persistente de que sólo la verdad es culto; o sea, que la sinceridad y la honradez para con Dios es el humus necesario donde únicamente germina y madura el fruto sazonado de un culto verdadero y agradable a Dios.

viernes, 10 de junio de 2011

LITURGIA DEL DIA

PENTECOSTÉS

Durante cincuenta días hemos celebrado con alegría y exultación el misterio pascual de Cristo. Finalmente, para llevar a plenitud este misterio, hoy el Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre tras su Ascensión a los cielos, nos envía el Espíritu Santo; aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente e infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos (cf prefacio de Pentecostés). La lectura del capítulo 2 de los Hechos nos ofrece el estremecedor relato: el don del Espíritu cumple la promesa del Padre y funda la Iglesia como una realidad viva fruto de la Pascua; Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia, que nace única, una y universal, sin fronteras de raza o nacionalidad (nada menos que 12 naciones son nombradas en la narración). La segunda lectura incide en el tema de la unidad de la Iglesia: Pablo explica sencilla y claramente que la diversidad no destruye la unidad, sino que más bien la asegura. Hoy particularmente constituye un reto para las iglesias locales saber acoger en su seno la variedad y el pluralismo, ya que todos «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.» El evangelio sitúa la escena en el día de Pascua, puesto que Pentecostés es la plenitud de la Pascua: el soplo de Jesús sobre los discípulos recuerda el soplo del Creador sobre Adán; Pentecostés es, en efecto, una nueva creación; la humanidad nueva. La vida no conforme a la carne sino conforme al Espíritu es ya posible después de Pentecostés. Nótese a este respecto la explícita relación entre el don del Espíritu y el perdón de los pecados. Una significativa celebración de Pentecostés, culmen de la cincuentena pascual, merecería una vigilia nocturna como en Pascua o en Navidad; o, donde no sea posible, las primeras vísperas. Destáquese el canto de la secuencia, la bendición solemne y la despedida con el doble aleluya. ¡Feliz Pentecostés a todos! L. F. Álvarez.

EVANGELIO DEL DOMINGO 12 de Junio 2005