«He aquí que todo lo hago nuevo» (Ap 21,5). Según la Carta a Diogneto los primeros cristianos eran acusados por sus contemporáneos de ser personas sin religión, impías y paganas. No tenían ni dioses ni sacrificios. Pero en realidad tanto su religión como su culto constituían una auténtica novedad.
DIOS Y EL HOMBRE SE BUSCAN
El deseo –el hambre o la sed– de Dios ha sido una constante en la historia de los hombres. Ha quedado expresado de una manera hermosísima para siempre en el Salmo 62. Dios y el hombre se buscan el uno al otro; el hombre, a veces, a tientas, confusamente. Sin embargo, a pesar de los equívocos y de las ambigüedades esta búsqueda recíproca constituye uno de los capítulos más hermosos y emocionantes de la historia de la Humanidad. Y es necesario afirmar en honor a la verdad que también Dios desea ser amigo de los hombres; que es siempre Dios quien sale decisivamente al encuentro de la persona salvando para siempre la infinita distancia que los separa.
En efecto, Dios mismo es quien ha creado a la persona como un ser capaz de mirarle a los ojos (cf Ex 24,11), cara a cara, y ser de verdad su patner, su confidente y su verdadero amigo (cf Ex 33,11; Jn 15,14-15); más aún, su hijo querido (cf Ex 4,22-23). Dispuso «también Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo a los hombres (…) para invitarlos y recibirlos en su compañía» (DV 2). Por eso el hombre es un ser naturalmente religioso, un directo interlocutor de Dios, capax Dei (Rufino 345-411). San Agustín lo decía con su conocida expresión: «Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón no descansa hasta que repose en Ti». Esta condición la expresamos las personas principalmente mediante el comportamiento religioso y, de manera particular, mediante el culto. No contentándose sólo con eso, Dios nos ha desvelado en su Hijo Jesucristo –hecho “uno de tantos” (cf. Flp 2,6-7) «para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios» (DV 4)– un modo totalmente nuevo de vivir y manifestar esta especialísima relación de las personas con el Padre: el culto cristiano o culto existencial (cf Rm 12,1-2). De este modo por Cristo «pueden los hombres llegar hasta el Padre» (DV 2), puesto que en Él se nos ha dado el modelo y la plenitud del culto; el espejo donde mirarnos.
Además de este comportamiento profundamente humano que llamamos culto existe también la Liturgia cristiana. Aunque no lo es todo en la vida de la Iglesia posee una importancia capital. Hay quienes consideran que, en la actualidad, la cuestión litúrgica es ocasión de discusiones en la comunidad cristiana. Pero ¿qué es, en realidad, esto que solemos llamar Liturgia? ¿qué significado posee en nuestra vida de miembros de la Iglesia? Una cosa es cierta, la Liturgia no es una cuestión de mero protocolo o de buenas maneras para con Dios. No es simplemente eso. La Liturgia cristiana se distingue, superándolo, del culto genéricamente religioso. Por eso, responder a estas preguntas es básico para comprender la originalidad de la Liturgia cristiana, en cuanto participación en la vida de Dios y mediación necesaria para entrar en diálogo y en comunión con Él.
CONTINUARÁ
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