jueves, 19 de mayo de 2011

LA LITURGIA DEL DÍA

Domingo V de Pascua

Un domingo más la comunidad “en la fidelidad al Señor y animada por el Espíritu Santo” se reúne en torno a la mesa de la Palabra y el Pan para celebrar la Pascua semanal: del misterio pascual nace la Iglesia; de domingo en domingo la Pascua florida va granando en nosotros y dando sazón a nuestra vida.
La riquísima liturgia de este día se podría polarizar en torno al versículo del aleluya y a la antífona del canto de comunión: «Permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor, el que permanece en mí da fruto abundante.» «Yo soy la verdadera vid, vosotros los sarmientos –dice el Señor-; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Aleluya.» Para el evangelista Juan el verbo “permanecer en” expresa un significado muy profundo: nada tiene sentido separado de Cristo, la verdadera vid, unidos a la cual los sarmientos darán fruto abundante. La vid es vida y sin ella no hay fruto. Ningún sarmiento puede dar fruto sin estar unido a la vid, símbolo del nuevo Israel, Pueblo de Dios.
El contrapunto lo ponen los otros textos bíblicos (interesantísimo el Salmo 21 como responsorial; oportunísima la 2ª lectura: la vida nueva es amor sincero y encarnado) y las oraciones –las tres son nuevas en el formulario de este domingo-; la colecta, procedente del sacramentario Gelasiano Vetus, recuerda el tema paulino de la libertad verdadera y la herencia eterna (cf Gal 4,31; 5,13; Ef 1,14) como características de la vida de los hijos de Dios; la poscomunión, compuesta a partir de dos textos del sacramentario Veronense se concentra en la novedad de la vida que brota de la Pascua, que exige el abandono de la antigua vida de pecado. Son temas de gran hondura antropológica que el homileta deberá resaltar convenientemente.
El “permanecer en Jesús” transforma nuestra relación con el Dios Trinidad e incide en nuestra vida de oración también “permanente” e ininterrumpida. L. F. Álvarez.

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