Tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II, el
cuarto domingo de Pascua ha quedado profundamente marcado por el tema del
Pastor bueno, figura mesiánica que Jesús se aplica (cf. Ez 34 e Is 53,12). Ya
en el siglo VI se leía el texto de Jn 10,11-16 en el segundo domingo después de
Pascua. Pero ha sido en 1970 cuando el antiguo evangelio de este domingo (Jn
16,16-22) ha cedido su lugar en los tres ciclos respectivamente a Jn 10,1-10
(A), Jn 10,11-18 (B) y Jn 10,27-30 (C).
Desde el evangelio el tema ha pasado a
impregnar el oracional de la misa: «que el débil rebaño de tu Hijo tenga parte
en la admirable victoria de su Pastor» (oración colecta); «Pastor bueno, vela con
solicitud sobre nosotros» (oración poscomunión); ha llegado hasta los cantos: «Ha
resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas...» (antífona de
comunión); y se ha extendido hasta la liturgia de las horas: véanse las
antífonas del benedictus y las del magnificat de las primeras y segundas
vísperas y la homilía de san Gregorio Magno de la lectura patrística del oficio
de lecturas.
El evangelio describe la actividad pastoral de Jesús; no
es un pastor más, sino el modelo de pastor; más aún, el único pastor, puesto
que sólo Él ha dado su vida por sus ovejas. Presenta además un método pastoral:
el que se entrega enteramente y se da a sí mismo en la acción pastoral es quien
se convierte en dador de vida. Otro tema menor, que sin embargo no conviene desatender es el
desarrollado por la primera lectura: por su Resurrección Cristo se ha
convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar.

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