Es frecuente hablar de culto y de liturgia como si ambos fueran una misma cosa. Pero no lo son: aunque estas dos realidades se mueven en el terreno amplio de las distintas mediaciones que nos permiten entrar en comunión personal con Dios, interesa, desde el principio, aclarar qué se entiende por culto y por liturgia. Porque, aunque la liturgia cristiana posee una profunda y esencial dimensión cultual, no todo culto (ni siquiera el culto cristiano) es siempre liturgia.
Las personas expresamos todo lo que sentimos por Dios y damos solidez a nuestra relación personal con Él (religión) mediante el culto: la expresión de una relación singular y muy profunda que mantenemos sólo con Aquél a quien reconocemos como nuestro único Dios y Señor; nuestro Bien supremo y absoluto; el Dueño de nuestra vida y de nuestra historia; nuestro Padre querido. Para ello adoptamos formas cultuales muy variadas y subjetivas, que, sin embargo, se fundamentan en los moldes de un comportamiento religioso-cultual típico común a todas las religiones: la oración, la adoración, la ofrenda, determinados ritos destinados a atraernos la benevolencia de Dios (sacrificios) o a manifestarle nuestra acción de gracias (votos, promesas, personas, lugares o tiempos dedicados a Dios...), etc. Se puede afirmar que el culto aflora espontáneamente desde nuestro profundo y natural sentimiento religioso. Por eso algunos hablan de la esencial caracterización ascendente del culto: se mueve desde abajo hacia arriba, desde la finitud del hombre hasta la omnipotencia de Dios; y se fundamenta en el reconocimiento de la absoluta alteridad y trascendencia de Dios, que está siempre por encima de nosotros –el Deus semper Alius–.
La Liturgia, en cambio, acentúa mucho más la iniciativa del Padre y el movimiento descendente, de Dios, que se abaja, en el hombre Jesús, hasta el suelo para mirar a las personas y entablar un diálogo amigable con ellas e invitarlas a entrar en comunión con Dios. En la Liturgia la iniciativa es siempre de Dios y a ella responde el hombre desde la libertad y la fe.
Aunque en todo culto late invariablemente agazapada una cierta ambigüedad, permanece siempre en el hombre religioso el convencimiento persistente de que sólo la verdad es culto; o sea, que la sinceridad y la honradez para con Dios es el humus necesario donde únicamente germina y madura el fruto sazonado de un culto verdadero y agradable a Dios.
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