En estos días he podido constatar que hay todavía lectores que no se preparan. Suben al ambón con la presunción de que conocen perfectamente la lectura y ¡zas! el batacazo. La improvisación resulta siempre una trampa que acaba por cobrarse su pieza. ¡La virtud más admirable del lector es la humildad! Nunca subir al ambón sin leer hasta dominar el texto del Leccionario. ¡Es la Palabra de Dios! Merece la pena siempre llegar unos minutos antes.
Pasar las hojas del Leccionario requiere un cuidado especial. Si se golpea el micrófono con ellas se produce un ruido bastante desagradable que es preciso evitar. También eso forma parte del "tener tablas" que se le pide a los lectores.
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