Sucedió hace pocos días. Sugerí a la lectora, en la sacristía, que leyese previamente la lectura unas diez veces; la última en alta voz. Antes le aseguré que confiaba en su capacidad para leer en público, pero que la lectura previa era necesario para una proclamación de la divina Palabra "como se debe". La lectora lo hizo así, detenidamente, con paciencia, tomando buena cuenta del texto y haciéndolo suyo. Cuando llegó el momento de la lectura de la Palabra hizo una lectura extraordinaria manteniendo durante todo el tiempo la atención de toda la Asamblea.
Al dia siguiente tocó el turno a un lector instituido. Repetí la misma operación; pero él estaba muy seguro de sí; a regañadientes leyó previamente la lectura tres o cuatro veces. Y cuando llegó el momento de la liturgia de la Palabra... ¡leyó la lectura del día anterior!
¡Nunca debemos subir al ambón sin la certeza de que conocemos perfectamente el texto que vamos a proclamar! Sin haberlo leído repetidas veces, despacio, habiendo previsto las posibles dificultades.
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